Las huellas de la Guerra: un documento histórico sobre cómo están hoy las Malvinas

Prensa | 2.4.18 | 0 comentarios

Un fotógrafo de Clarín visitó los lugares de las batallas más cruentas. Aún hay restos de armas y hasta de vestimentas. Un viaje al pasado que ayuda a reflexionar en el presente.

                         

Después de que se fueron los familiares del cementerio argentino de Darwin que vinieron a homenajear a los 90 ex combatientes identificados, aproveché para recorrer por mi cuenta todos los caminos que pude de la Isla Soledad, buscando huellas de esos chicos de la guerra de 1982.


Mi primer encuentro con ellas lo tuve frente al Monte Kent, a una hora de distancia de la ciudad, que hoy tiene una base de observación militar en su cima. Fotografié dos helicópteros argentinos destruidos que, por suerte, según nos contó después un isleño que organiza tours por los campos de batalla (y que cobra 200 libras por día, más de 5.500 pesos) no ocasionó víctimas porque estaban en tierra estacionados.

Después de varios días de sol, me tocó el primero con clima “malvinense”: viento, frío y llovizna. Acerca del clima, mi nuevo amigo brasileño -un periodista que está escribiendo un libro sobre las tumbas y quien conocí cuando encontramos los helicópteros-me preguntó sonriendo: "¿Por qué quieren tanto estas islas?". Mientras intentaba parar la lluvia y el viento con un paraguas (adivinen si lo logró), siguió. "Los brasileños no estamos preparados para el frío", bromeó. Y no me puedo imaginar el frío que habrá tenido que soportar un soldado, por ejemplo de Corrientes, mal comido y mojado durante días.

Bien abrigado me animé a una recorrida a pie por los montes donde se sucedieron las últimas y más cruentas batallas de la guerra, cuando los soldados británicos avanzaron en el último asalto para recuperar “la ciudad” (que para ellos es Port Stanley y para nosotros Puerto Argentino).

Lo primero que encontré, y me impactó, fueron unas zapatillas de lona, en una posición de artillería argentina. Se me vino a la cabeza la tristeza que sentí al fotografiar las zapatillas de los chicos que murieron en Cromañón. Sin querer entrar en polémicas sobre la guerra, creo que toda muerte joven es absurda.
Seguí caminando. Tuve que esquivar varios cráteres en la tierra, de aproximadamente dos metros de diámetro, hechos por las bombas de la Armada británica disparadas desde sus destructores estacionados en la bahía.
Subí al Monte Tumbledown o Monte Destartalado: el nombre lo grafica perfectamente, porque parece un monte que se cayó de costado. Cuando llegué a la cresta rocosa de la cima, la vista del valle era imponente.
Tanto más cuando las nubes se abrieron y dejaron pasar unos rayos de sol en el centro, como cuando Cristo es bautizado en una de esas películas que pasan en la tele en estos días de Semana Santa.
Pude ver varios puestos de combate de los soldados argentinos, una posición escondida por una pared de pequeñas piedras en la salida de un cañadón. Adentro todavía había una mini petaca de whisky y botones oxidados.
El viento sopló y alejó todas las nubes. Con el cielo despejado continué mi camino hacia el Monte Longdon (sin nombre en español). Llegué a la cima y leí, en inglés, en una gran cruz de hierro: “Nadie me asalta con impunidad”. Y recordé algunas preguntas que siempre me hice sobre el conflicto: ¿Realmente el gobierno militar creía que una vez que recuperaron las islas en un ataque sorpresa el gobierno británico les iba a responder con un “OK, ahora son suyas de nuevo”? Y cuando ya vieron que una guerra era inevitable, ¿creían realmente en sus posibilidades de ganarla? ¿Podrían haberse retirado a tiempo y seguir las discusiones por la vía diplomática, sin derramar tanta sangre?
Me siento un rato a descansar, caminé por tres horas. Me detengo a leer otros memoriales británicos que recuerdan a sus soldados caídos. Emocionan las historias de amor trunco que cuentan, esta vez en placas de bronce, algunos de sus familiares. En total, en esas dos batallas, murieron más de treinta soldados británicos y más de sesenta argentinos.
Las islas me parecieron hermosas. Paisajes y atardeceres de película. Montes pedregosos, amplios valles, praderas, mar azul y hasta playas con arena blanca que en verano se llenan de pingüinos de cuatro especies distintas. Sólo vi unos pocos en esta visita. Pero todo lo lindo que tienen no me alcanza para desanudar, o más bien aprietan más, el nudo que tengo en la garganta mientras escribo estas líneas.
Levanto la vista por la ventana del hotel y veo una bandera de las islas, que incluye una bandera inglesa en el ángulo superior izquierdo, que en realidad es una superposición de tres banderas, a su vez una superposición de más cruces. Flamea muy fuerte por el viento, como queriendo salir volando del mástil.
FUENTE: CLARIN

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