Denunció a su marido por golpearla y la imputaron por defenderse

Sebastian Acosta | 15.6.17 |

Él es sargento de la policía e instructor de defensa personal. Ella lo había denunciado varias veces.

Ana Cecilia González se presentó ayer ante la justicia para ratificar lo que ya había denunciado en la comisaría: “mi esposo me molía a golpes”. No es un caso más de violencia de género: el denunciado en este caso es un Sargento de la policía y eso explica las complicaciones que debió atravesar para concretar la denuncia, los tormentos posteriores y sobre todo puede servir como pista para entender la insólita resolución que tomó hoy la justicia: después de que presentara el pedido de imputación y detención del sargento, la justicia ordenó imputar, no al efectivo, sino a la mujer, porque en la última ocasión en que ella fue atacada, se defendió arrojándole un cenicero a su agresor. Imputada por defenderse.
 Ana dialogó con LA GACETA momentos antes de realizar ese pedido de imputación contra quien es ahora su ex marido. Contó hechos de violencia escalofriantes: golpes de puño, patadas, y sistemáticos simulacros de ejecución: él sacaba el arma reglamentaria y le apuntaba en la cabeza.
Los hechos de violencia venían desde hace mucho tiempo. Pero recién en Noviembre tomó el valor para separarse. Fue después de una paliza, propinada por quién es quinto dan en una arte marcial y quien trabaja como instructor de defensa personal de la policía.
La violencia ejercida en este caso por un hombre es solo una parte del problema. Lo más grave es la violencia estatal.
“Lo peor es que al ser un sargento de la policía, nadie me quería tomar la denuncia”, cuenta. El día que recibió una de esas grandes palizas, llamó a la policía. No le querían tomar la denuncia en la comisaría de Santa Ana. Cuando iba en el móvil, la iban presionando porque a él lo conocen porque era instructor.
Esa primera denuncia fue en noviembre. La segunda fue cerca de navidad. Ana llegó a la comisaría con los brazos llenos de moretones y aun así no le quisieron tomar la denuncia. En la comisaría, una oficial de apellido Guaymás le dijo que cómo le va a hacer eso, que los hijos se iban a quedar sin que le pasen alimento, que la denuncia no iba a prosperar. “Tus hijos se van a quedar sin rehabilitación”, le dijo la oficial que debía tomarle la denuncia. Ana se paró y se fue. Los brazos siguieron doliéndole varios días, así que fue a hacer la denuncia al otro barrio.
Cuando estaba en la otra comisaría llegó la oficial con otros dos oficiales. “Me quería obligar a firmar una declaración, yo les dije que no les iba a firmar nada, y me querían obligar y me decían bueno, subí al móvil y te llevamos, pero les dije que no, me fui en remís”, contó. También le dijeron ahí: “el sábado mamita andate al médico legal, porque no tenemos móvil”.
Cuando una fiscal de la zona sur le asignó un custodio, los efectivos que solían hacer ese trabajo solían decirle que el caso iba a quedar en la nada, que para qué lo había denunciado al hombre. “Cuando fueron a cuidarme los policías me decían: yo pensaba que no te pegaba porque era muy bueno, era muy bueno afuera, pero adentro me molía a palos.
 Los custodios dejaron de asistir cuando le dieron un botón antipánico. Una sola vez se activó sin querer, y los policías llegaron 20 minutos después. 20 minutos es una eternidad, cuando se trata de la violencia que puede ejercer alguien que tiene katanas y es experto en artes marciales. Y este detalle no es menor: el sargento vive a dos cuadras, y ya la última vez que la golpeó fue violando la prohibición de acercarse.
Desde entonces Ana desarrolló un temor por los policías: miedo a quienes están para proteger a los integrantes de la sociedad. Que hoy imputaran a Ana por arrojarle un cenicero a su agresor marca un precedente aún más grave: el estado no solo no actúa en los casos de violencia de género, sino que está ahí para respaldar al victimario.

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